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15 de Febrero de 2017
El Mercurio
El Mercurio

Acompañar a los papás a la feria, para que aprendan a reconocer los alimentos, cocinar juntos y atreverse con los productos de cada zona es clave para que amplíen su paladar. 

"Acá tenemos uno de los platos que comía Kung Fu Panda". Con esa frase, el mesero que atendía a Claudia Maluenda y sus hijas Florencia (15) y Dominga (8) hace unos días en un restaurante de comida tailandesa del barrio Franklin despertó la curiosidad de sus comensales.

Las niñas abrieron los ojos con entusiasmo. "Es un plato con bambú. ¿Lo quieren probar?", agregó.

"¡Ya!", le contestaron estas sin pensarlo dos veces, e incluso se atrevieron a sumar un toque de picor a la receta.

A Claudia la reacción de sus hijas frente a un plato exótico no le extrañó. "Mis hijas son secas para los piures y erizos. Comen cosas agridulces e incluso han probado el cochayuyo", dice con orgullo.

El que sus hijas no sean mañosas no es cosa de suerte o producto de un milagro: desde chicas su mamá las ha introducido en el mundo de la cocina, del cual ella misma es fanática.

Si bien todo el año las tres están probando nuevas recetas y viendo programas de televisión de gastronomía, como Chef's Tables -uno de sus favoritos-, durante las vacaciones estas prácticas se acentúan aún más.

"En el verano estoy más relajada yo y también ellas, por lo que hay más tiempo para sentarse en la mesa tranquilas, y probar sabores nuevos, sin correr", cuenta Claudia.

"Además mis hijas saben que en cada sitio hay un plato especial y se atreven a probarlo. El año pasado fuimos a Chiloé y las llevé al mercado, donde probaron los choritos ahumados y las papas típicas de allá. También probaron el queso de campo que nos vendió una señora".

La nutricionista del programa Vivir Liviano de Clínica Alemana, Rinat Ratner, cree que experiencias como las que viven Claudia, Florencia y Dominga son ideales para realizar en el verano.

"En vacaciones se puede interactuar mucho más con los hijos y a la vez motivarlos a probar nuevas cosas, sobre todo aprovechando las frutas y verduras propias de la estación, como el melón, los damascos y la sandía".

Ser paciente

Al probar nuevos alimentos, los niños no solo tienen la oportunidad de ampliar su paladar descubriendo nuevos sabores, texturas, olores y colores, sino que también adquieren diversos beneficios.

"Mientras más variedad de alimentos ingieran, más posibilidades tienen de cubrir los nutrientes que requieren", advierte Ratner.

Además, agrega, les ayuda a ser menos mañosos y a aceptar mejor distintos alimentos, preparándolos para cuando tengan que ir al colegio u otro lado a comer.

"Pero los padres tenemos que armarnos de paciencia. Al principio puede que rechacen los nuevos sabores, ya que estos se aprenden. Tienen que probarlos unas diez veces para que les gusten", explica Ratner.

Según Carolina Estay, docente de la Escuela de Nutrición y Dietética de la Universidad de los Andes, probar nuevos sabores ayuda al sistema nervioso. "Se estimula el cerebro y se va ampliando la forma de responder a lo nuevo y desconocido".

Las especialistas llaman a aprovechar esta época del año para salir de compras con los niños a la feria o pescadería, y enseñarles a reconocer los alimentos y a seleccionarlos.

Cocinar en familia y hacer juegos en torno a la comida ayuda también a involucrarlos y motivarlos a comer cosas nuevas. Claudia y sus hijas, por ejemplo, suelen jugar a que son jueces del programa televisivo MasterChef.

Pero además, acercando a los niños a la comida es más sencillo motivarlos a comerla. "Haciendo huertos en la casa se puede incentivar el consumo de frutas y verduras. Los niños desde la siembra ven cómo van creciendo los alimentos y cambiando posteriormente con la cocción, lo que va generando una mejor aceptación", afirma Estay.

 
Publicado en: 
Andrea Manuschevich, El Mercurio